Empecé a escribir “Sexperiencias” en el verano del 1994 para ligarme a un chico creativo, interesante y nada trivial. En aquellos momentos yo era una secretaria normalita y corriente. Para impresionarle le dije que estaba escribiendo, en español, un libro erótico. Mala(o buena) suerte, el chico me pidió leerlo y no tuve más remedio que ponerme a escribir de verdad.
El primer capítulo fue el arma perfecta para apartar a la competencia que aleteaba alrededor del chico en cuestión.
Al entregarle el segundo capítulo él se me entregó... por completo.
Después del tercer capítulo empezó a presentarme orgullosamente como “una escritora de novelas eróticas”.
Al capítulo cuatro el chico estaba ya más que ligado y atado y...el libro se quedó a medias...
En el verano del 2001 encontré los capítulos en unas cajas. Volví a leerlos.
No me disgustaron. Me trajeron recuerdos bonitos así que seguí con la narración
y terminé la novela.
El sexo...
Hay unas cuantas cosas de sentido común que nunca he podido comprender:
¿Cómo es que en las películas las mujeres al despertarse tienen una pinta fabulosa y un maquillaje impecable?
¿Dónde hacían los reyes sus necesidades, si en los palacios, convertidos ahora museos, no se ven baños?
¿Por qué en los libros la mayoría de las historias de amor tienen la puerta del dormitorio cerrada?
En “Sexperiencias” escribir las escenas de sexo fue una de las labores más divertidas y fáciles. De qué manera hacía el amor cada uno de mis héroes servía para descubrir su carácter y su personalidad.
Relaté las relaciones tal como suceden en la vida de cualquiera de nosotros y dejé la puerta del dormitorio abierta para los lectores.